Fragmento de la novela “Los amantes del rodaballo”

En su lugar, una lección atroz. Hubiera preferido el brazo  señalando al cielo, el brazo oscilando como un péndulo al revés: un adiós reacio. Nadie – ni amigos ni familiares, ni psiquiatras ni becarios, todos buenos samaritanos-, acertó en el desenlace. Incluso hoy, al recordar mi salida, los doce escalones de aquella entrada de estilo barroco, siguen siendo no más que hormigón, descuidado y agrietado, sin otra función que facilitar la entrada y salida del edificio. Y sin embargo intenté participar de la misma comedia mañanera, me obligué a contemplar, optimista y agradecido, el imaginario lanzar de dados que todos los pacientes hacían a primera hora del día; me resigné a escuchar las razones del porqué cada uno de nosotros creía que le había tocado ese número ese día, del dadosporqué del siete, del cinco, del cuatro, del tres, del dos. Jamás, por mucha terapia grupal a la que nos sometían, por mucho control médico y libros de superación personal, alguien eligió un número superior al siete. Nadie nunca creyó en su propia suerte. Y sin embargo para mí siempre fue el mismo número, el doce, el número que simbolizaba para los médicos y psiquiatras, el éxito de la rehabilitación. Pero no tenía más razones que mi suerte para apelar a la suerte imaginaria que me convertía siempre en ganador. Acepté que los dados estaban trucados. El día en que volví a la terapia corporal, no jugué a lanzar los dados e imaginar mi suerte. Frente a los espejos que cubrían aquella diminuta habitación, imitaba los movimientos del fisioterapeuta, evitando  verme a mí mismo reflejado; tenía la esperanza de recuperar mi relación con el cuerpo, sin pasar por la dolorosa contemplación de la realidad. Todo mi cuerpo, incluso el movimiento más mínimo, incluso los movimientos involuntarios, aparentemente involuntarios, fueron siempre un acto de rebeldía.  Las funciones preestablecidas de un cuerpo normal, en mi cuerpo eran extrañas e innecesarias incorporaciones. Estaba decidido a negarle su natural inacción. Pero la mano derecha soltó los dados imaginarios, y rígida y e inamovible, hizo guardia, a la espera del brazo derecho que pronto hizo guardia y esperó al torso que esperaría al otro brazo y la otra mano, mientras mis piernas y mis pies, hacían guardia también. Algunos pacientes me verían salir e imaginarían el número de mis dados, quizá para sentirse más optimistas, a pesar de que era yo el que salía en camilla de aquella clínica.

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